Condenado.

Llovía a cántaros y el agua recorría su cara empapando su barba. Las gotas de lluvia se mezclaban con algunas de las lágrimas que se esforzaban en no dejarse ver, al fin y al cabo, el dolor sale desde el corazón y son los ojos la ventana donde ves como estas por dentro.

Llevaba horas allí de rodillas, frente a aquella tumba sin nombre, rebozado por la tierra mojada en mitad de la tormenta. Con sus manos acariciaba la lápida de fría piedra llena de musgo y dibujaba letras sobre ella, quería grabar nombres con sus dedos como si fueran el cincel y el martillo que diera la respuesta o quizás recordar quien estaba allí enterrado. Comenzó a llorar, y esta vez, dejó de contener la muralla que impedía que sus lágrimas inundaran todo.

Apenas podía ver, sus ojos nublados, al igual que su dolorida garganta, muda por el grito ahogado de la vida. Con sus manos empezó a arañar la tierra mojada, escarbando un hoyo, buscando encontrar a quien perdió, aunque ni siquiera el recordaba.

¿Puedo ayudarlo?…

La pregunta venía de un hombre muy anciano, de mirada profunda y arrugas que dibujaban su experiencia en la vida, apoyado en una vieja pala mucho mas antigua que su vida, quien sabe cuantas tumbas tuvo que hacer y a cuantos sepultó.

El se giró, con los ojos rojos de tanto llorar y totalmente empapado. No podía articular palabra, pero en su mirada se podían ver frases enteras llenas de dolor que eran recogidas por el amable anciano de la pala.

– No llores, no lo hagas, porque se quien eres y que haces aquí, yo te he enterrado varias veces y siempre surjes de nuevo, dejando que tus lágrimas limpien todo aquello que te hizo daño, tus manos acarician la lápida pues fue tu techo y tu casa, tu voz no recuerda como hablar pues el dolor de las traiciones del pasado arrancaron el timbre que daba tono a tus palabras que ahora se ahogan en llanto, y es en este momento cuando te levantas de nuevo y caminas por el sendero que antes era de piedra y ahora es de barro. Te volverás a hundir , pero está en tu naturaleza ser inmortal en tu decisión se volver a levantarte.

Aquellas palabras le devolvieron la vida. Se secó el rostro con su brazo y esbozando una sonrisa comenzó a alejarse del cementerio.

El viejo sepulturero solo se apartó para dejarlo pasar, mientras miraba la lápida brillante y sin nombre.

cementerio-el-dia-de-todos-los-santos

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