La flor marchita.

El enterrador llevaba mas de 50 años trabajando en aquel cementerio. De cuerpo delgado y el rostro surcado por arrugas tan profundas como los años de experiencia que tenía abriendo fosas y tirando tierra sobre los fríos féretros del adiós, siempre con su sombrero de paja seca y aquella camisa de cuadros desgastados que desdibujaban aún más su triste figura. Cuando caía la noche se le podía ver frente a una vieja tumba de flores marchitas. Era un montículo de tierra seca y pedregosa que destacaba por ser humilde y diferente al resto de los panteones, coronada por una cruz antigua de piedra, una extraña cruz.

Así pasaban las noches, y el viejo enterrador, sin mas amigos que el silencio y los cuervos seguía frente a ella sin moverse, como esperando una señal. Un ramo de flores estaba encima de la tierra, unas flores secas que posiblemente llevaran mas de varios meses allí. Un crujido de sus debilitados huesos se hizo notar en el silencio de la noche ya que se sentó encima del pequeño montículo y sus rodillas sonaron como hojas secas pisoteadas en otoño.  Empezó a mascullar algo entre dientes, no se le entendía, pero era como si quisiera hablar con aquella extraña cruz. Todos los habitantes de aquel pequeño pueblo donde estaba el cementerio habían conocido esa tumba..todos. Generación tras generación, pero nunca nadie le había prestado tanto interés como el viejo. Muchos decían que allí estaba enterrado un gran señor medieval..otros que algún mendigo..y los mas..indiferentes por lo que pudiera haber debajo.

Aquella noche, mientras estaba sentado frente a ella, escuchó otro sonido. No era ningún sonido de animal, era una persona que le observaba. Una mujer llevaba vários días haciéndolo  preguntándose quién era el viejo enterrador, aquel barbudo y quijotesco personaje que no hablaba con nadie y que siempre mascullaba entre dientes. Siempre lo observó desde lejos y solo esa noche se acercó tanto..tanto que fué descubierta.

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Un aleteo de una Lechuza hizo gritar a la chica. Cuando se giró hacia la tumba el viejo ya no estaba. Se acercó temerosa hasta la tumba y vio algo increíble .aquellas flores marchitas estaban  frescas y con un brillo especial. Al alzar la vista, tras la cruz, un caballero medieval, por sus ropas, un Templario, cuyo rostro era sospechosamente idéntico al del viejo enterrador. La observó mientras ella seguía petrificada por la visión en la noche. El caballero sonrió y ella en ese momento se desmayó.

Despertó por un rayo de sol que penetró a través de sus parpados. Estaba tendida encima de la tumba, frente a aquellas flores sin saber como ni porqué. Pensó que quizás fue un sueño..un extraño sueño. Decidió coger una flor y llevársela consigo. Según se alejaba, la flor se iba marchitando  hasta que al cruzar la puerta del cementerio una suave y dulce brisa la hizo polvo y desaparecer. Desde lo lejos una figura delgada la observaba, semblante triste, prisionero para siempre.

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