Samurai..la leyenda de Yukimura.

Toda su familia había sido Samurai desde el siglo X . Ahora en los albores del siglo XVII, Yukimura estaba sentado tomando un tazón de arroz blanco con yasai y nori al vapor, mientras observaba partir a los últimos soldados a la batalla. En la última había sido herido y trasladado por sus compañeros al poblado , sacándolo de la formación Kakuyoku en la que se encontraba. De manera desafortunada una flecha enemiga lo alcanzó prácticamente antes de poder entablar combate atravesando por el angulo de disparo su tosei gusoku, armadura de los Samurais .

Recordaba mientras masticaba un trozo de nori su infancia, su rígido entrenamiento con la espada, después el arco y la lanza. No había día que no trabajara en su formación militar, desde temprano,con la noche aún era la guardiana de su vida, golpeando, saltando, corriendo a través del bosque y el prado hasta que sus articulaciones no podían mas. Descansar brevemente y comer algo ligero era lo único que podía permitirse después del largo entrenamiento, ya que unas pocas horas de sueño eran suficientes para volver a empezar. Los recuerdos siguieron aflorando hasta llegar a quedar su mirada fija, sin parpadear.Sobre su mente empezó a suceder de nuevo lo que el pasado le trajo donde estaba ahora.

Un día un gran señor Daimyo pasó por la aldea siendo el aun pequeño. Su séquito era impresionante, al igual que su armadura dejando asombrado al joven de no mas de 13 años. Su padre lo conocía al haber combatido con el en numerosas batallas, habituales dentro de la conquista de diferentes territorios. Con ceremoniosa actitud pasaron a reunirse dentro de la humilde casa. Cuando salieron , su padre acarició su negro cabello y besó su frente. Sin mediar palabra se dio la vuelta, y los soldados del gran señor se llevaron al pequeño dentro de la carroza. Aquella fue la última vez que vio a su padre.

En el gran Castillo Odawara vivió hasta cumplidos los 25 años. Aprendió aún mas el noble arte de la guerra, las artes marciales y la cortesía de los nobles Japoneses. Cada vez que salía del Castillo era para luchar. No eran pocas las cicatrices de batalla que ya tenía pese a su juventud, pero adoraba luchar. Un día un emisario llegó e informó que su padre estaba muy enfermo, su antiguo poblado casi reducido a cenizas por los constantes ataques de un familia rival, mejor armada, y diestra en las artes marciales ocultas. Yukimura solicitó acudir a sofocar aquellas incursiones y salvar con ello el honor de su familia, pero el gran señor se negó. Orgulloso y poderoso, no admitió réplica alguna.

Yukimura estaba enojado. Había apretado los puños hasta clavar sus uñas en la piel y dejar derramar su sangre por la rabia contenida. Para los demás solo era un militar, alguien que utilizar en un momento de entre-guerras, no importaban sus sentimientos, ni sus años de servicio,solo era una piedra en mitad de la montaña. Pensó que debía rodar libre, saltar al vacío, salir de aquella impenetrable fortaleza para ir al lado de su familia. Giró su cabeza y vio un caballo preparado para salir a patrullar. Saltó sobre el y espoleo su lomo para hacerlo correr deprisa mientras salía por la puerta del Castillo.

samurai

La voz de alarma fue general y el gran señor ofendido por haber desobedecido su orden, mandó prenderlo y matarlo. Varios soldados salieron a buscarlo pero Yukimura ya estaba lejos. Detuvo su caballo en lo alto de una colina y se sentó bajo un precioso sauce , Sacó un odre de agua y bebió despacio mientras respiraba con dificultad. Desde lo alto podía divisar su poblado. Aún quedaba terreno por recorrer, pero estaba mas cerca de poder abrazar a su padre.

Montó de nuevo y cabalgó en la noche. Cuando llegó a la aldea no había nadie. Solo las cabezas cortadas y apiladas en una de las mesas. Toda su familia, sus seres queridos, sus amigos..todos, mirándolo con la mirada petrificada por la espada de la muerte. Siempre odió este ritual, era horroroso, no veía honor en ello ni diversión alguna. Cerca de allí encontró caído en el suelo un pañuelo rojo y verde, igual al que llevaban los soldados del gran señor Daimyo . No había sido la familia rival, sino su antiguo dueño de quien había escapado para salvar a quien el mató.

Un ruiseñor cantó mientras una lágrima caía por su mejilla. Dejó el cuenco de arroz en el suelo y despertó a la realidad. Se levantó con dificultad pues la herida estaba muy fresca y agarró su Katana. Con precisos gestos empezó a entrenar viendo de cerca a su difunto padre, sonriendo, con benevolencia y admiración.

Un soldado apareció. En todo este tiempo, Yukimura había conseguido un pequeño ejercito descendientes de los Ikko Ikki, monjes guerreros prácticamente indestructibles por el conocimiento de las artes marciales y la lucha, además de su inquebrantable fidelidad. El soldado bajo del caballo y se postró ante Yukimura. Levanto la mano derecha y en ella tenía un pergamino con el sello de su enemigo. Lo tomó y ordenó esperar al emisario. Al abrirlo, descubrió que era una petición para que se rindieran sin condiciones, prometiendo una muerte rápida y honorable. Con la espada cortó la mitad del documento y se la dio al soldado para que llevara esa clara respuesta. Ahora la suerte no era una opción, sino, un aliado deseable en condiciones tan desfavorables.

Entró en la casa y con ayuda de un joven aprendiz se puso su armadura. Su ejercito estaba siendo diezmado por las huestes enemigas, lo necesitaban. Notó una sensación húmeda en un costado, era sangre. La herida se había abierto de nuevo. Colocó por último su Kabuto y montó en su caballo. Los guardias personales le siguieron hasta la colina donde dirigir sus tropas. Decidió utilizar la técnica Gyorin, utilizada para romper las pétreas filas enemigas. El iría en cabeza.

El choque fue brutal. Dicen que el sonido de las espadas y el relinchar de los caballos sonó a varios kilómetros a la redonda. El frente del gran señor se rompió, pero quedaron muy pocos samurais de Yukimura. Katana en mano, la proporción era de 10 a 1, pero los monjes guerreros aguantaban asaetados,  sangrantes y moribundos. La noche empezó a extender su manto para tapar el verde prado empapado en sangre y acero y aún Yukimura resistía sin ceder un palmo.

La noche dio paso al amanecer, el campo era una alfombra de cuerpos, y sobre el, un guerrero,Yukimura. Nadie salvo el sobrevivió a aquella batalla. Tembloroso y herido caminó entre los cuerpos despojándose de su abollada armadura para quedarse desnudo frente al mundo..el mismo mundo que le arrebato todo.

Cuenta la leyenda que si paseas por aquella aldea, hoy ya desaparecida, aún se escucha el grito de batalla de Yukimura, el tronar de las trompetas en el fragor de la batalla, y si caminas por el verde prado, puedes observar unas flores rojas que inundan todo el valle, dicen que cada una es la sangre de quienes cayeron por el honor de Yukimura, el Samurai.

 

 

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