Las piedras parlantes.

Un torreón era lo único que quedaba de aquel castillo que en su día ocupo todo una gran extensión de terreno. Los lugareños lo habían ido desmontando piedra a piedra para construir sus casas. El viejo castillo ya no tenía ninguna utilidad pues en los momentos en los que se encontraba actualmente ya la guerra,  como se conocía en su época no tenía ningún sentido.

Los carros iban y venían despojando a la fortaleza de toda su gloria, desnudando su orgullo para convertirla ahora en casas o iglesias, muros y cuadras, bancos donde sentarse y pasar la tarde. Ya no se verían soldados en las almenas que avistaran al enemigo y dieran el grito de alarma, ni bajar el portón a la llegada de la tropa..ahora el resto de lo que quedaba sería hostal para el viento, donde mecer sus poemas de aire y servir de cobijo a alimañas y arbustos silvestres.

Lo único que quedaba en pie era la torre. Por alguna razón nadie había conseguido desmontar ni una sola piedra. Cada mañana llegaban con picos y palas e intentaban arrancarlas de su letargo, golpe tras golpe, sin conseguir nada mas que mellar las herramientas. La chispas por el roce de piedras y metal iluminaban la noche..para al final, escuchar silencio y cansancio.

Un joven observaba la escena cada día. Veía a sus vecinos como depredadores de la cultura, ya que no se llevaban les restos por necesidad  sino por afán de seguir construyendo mas y mas. Incluso el cura del pueblo ponía su grano de arena bendiciendo a aquel que le llevara piedras para su iglesia, y de igual modo, vendía el patrimonio a aquel que le pagara bien por ello. Todos veían en el párroco el perdón para sus pecados, porque el mismo era cómplice de sus desmanes.

La noche llegó y todos se fueron a sus casas, agotados y mascullando improperios por no haber podido desmontar el gran torreón. El joven se acercó hasta la gran torre del homenaje, altiva y robusta, y acarició sus melladas piedras. Sus ojos acostumbrados a la oscuridad, miraban con detenimiento cada hueco, forma y estructura de la piedras solemnemente talladas. Miró hacia arriba e imaginó ver soldados con sus lanzas, la verdad, añoraba viejas leyendas, le hubiera gustado que el castillo siguiera en pié. Ahora debía volver a su casa y seguir imaginando, ya que la imaginación es lo único que nadie puede arrebatarte y el deseaba hacer de ella realidades sin fin.

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Llegó a su casa, cenó algo ligero y es acostó. En mitad de la noche escuchó gritos. Abrió el portón de su ventana y se asomó. Las calles del pueblo estaban llenas de gentes, agarrándose la cabeza y gritando de locura. Bajó corriendo e intentó hablar con ellos, nadie le podía responder, todos tenían los ojos negros, sin vida, arañándose sus rostros impresos de locura. Las personas se golpeaban unas contra otras..solo pudo escuchar varias veces entre sollozos y desgarros ¨Las piedras me hablan¨.

Se alejo a toda velocidad corriendo por las calles, hasta que tropezó con un banco de piedra, hecho con restos del castillo. Cayó dolorido y escuchó como las piedras hablaban, susurraban volver a ser lo que eran. Aturdido se levantó del suelo y se apoyó contra la pared de una casa , también construida con restos de fortaleza. Los susurros eran cada vez mas intensos. Empezó a comprender como las personas del lugar huían de sus casas aterrorizados por las voces que salían de las piedras.

Un tremendo temblor sacudió el pueblo. Los edificios se comenzaron a derrumbar mientras muchos perecían aplastados entre escombros, otros se arrastraban con su mirada perdida. Las piedras comenzaron a rodar hacia la gran colina, sendero arriba, donde la torre majestuosa las esperaba para formarlas de nuevo en le batalla.

Por alguna razón el miraba el espectáculo sin temor, incluso complacido de ver como todo acababa para ser creado de nuevo. El sacerdote salió de su iglesia asustado, invocando a Dios para exorcizar supuestos demonios, con la cruz en la mano y gritando versos de la Biblia. La torre principal de la iglesia se derrumbo también, construida con una de las torres de castillo que un día defendieron la villa de intrusos y hoy era refugio de palomas y campanas.

Al amanecer, todo el pueblo estaba postrado ante los pies del coloso. Las piedras ocuparon de nuevo su lugar, arrancadas por la fuerza a la esclavitud  de ser para lo que no fueron creadas, gritaron desde su calizo corazón el grito de batalla, hartas de soportar cotilleo y palabrerías de sus inquilinos, echaron de menos el choque de espadas y el tronar de la batalla.

Un anciano ermitaño que pasaba por allí dijo : ¨Como las piedras, son las personas, que arrancadas de su verdadera vocación, son destruidas desde dentro, para apagar su ilusión y hacer de ellas meros títeres del destino¨ el joven que lo escucho asintió a tan sabia frase, y juntos atravesaron la puerta del castillo.

 

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